viernes, 2 de diciembre de 2016

Vivir, morir... renacer






Quiero dar las gracias a Fran Antón Llopis por inspirarme para hacer esta entrada de blog con sus preguntas y reflexiones. 

En nuestra vida todos tenemos que decir adios a determinadas situaciones, personas, etc. y hacerlo mientras sabemos que estamos poniendo punto final a algo que no volverá a ocurrir jamás. Si ese algo (situación, relación, etc.) era muy importante en nuestras vidas y estábamos muy apegados, el proceso puede ser muy difícil, y llevar su tiempo. Podemos observar en nuestras vidas como una pérdida o una despedida va a causar un dolor directamente proporcional a lo importante que fuera en nuestras vidas eso que perdemos o de lo que nos despedimos, al apego que le tengamos. La situación puede ir desde la ausencia de duelo hasta un duelo largo, profundo y doloroso.

Y los duelos, aunque son procesos caóticos y de duración e intensidad variables, suelen tener una serie de pasos que tenemos que vivir durante el tiempo que cada uno de ellos requiera y que no nos podemos saltar. También es posible quedarse atascado en alguno de los pasos y estar en él más tiempo del requerido.


Se suele decir que un duelo tiene 5 etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.




  • Negación

Esta etapa se caracteriza por negarnos a admitir la pérdida que acabamos de sufrir. Esta negación puede ser consciente o inconsciente. Nos parece increíble que esa pérdida nos haya sucedido a nosotros, nos resistimos a verlo. Nos anestesiamos para no sentir las intensas y negativas emociones que podríamos sentir. Si tuviéramos que darle una función a esta fase podríamos decir que es la de ofrecernos un poco de tiempo entre la pérdida y las terribles emociones que se avecinan.


  • Ira
Poco a poco dejamos de poder ignorar la pérdida que hemos sufrido y vamos teniendo que asumirla. Es entonces cuando toma protagonismo la ira, pasando a primer plano. Sentimos ira hacia Dios, la vida, lo que hemos perdido, la persona que nos ha dejado. No nos podemos creer que nos haya sucedido a nosotros, que nos hayan hecho eso no nos lo merecemos. Es importante en esta fase ser capaz de expresar esa ira o enfado, ya sea escribiendo, hablando con conocidos o con un terapeuta, etc. Ser capaz de vivir y expresar esa ira es parte del proceso para superarla y no quedarnos atascados en este paso.
  • Negociación
Esta fase es nuestro último intento por hacer desaparecer la pérdida que hemos sufrido y no aceptar la realidad. Quizás recemos a Dios, hagamos rituales mágicos o cualquier otra cosa con la fantasía de revertir dicha pérdida. Puede que tengamos incluso la fantasía de hacer volver el tiempo atrás y no hacer las cosas que hicimos que creemos que nos llevaron a esa dolorosa situación. Ésta es una fase agotadora, porque tratamos de vivir en nuestra fantasía dándole la espalda a la realidad.

  • Depresión
Inevitablemente al final nos daremos de bruces con esa realidad que pretendíamos evitar, con esa pérdida que hemos sufrido. Entramos entonces en una etapa de tristeza que mientras la vivimos tenemos la sensación de que durará por siempre. Ya hemos asumido la pérdida y nos preguntamos como va a ser nuestra vida sin eso que ya no está ni estará. Puede que cada día nos cueste levantarnos para afrontar nuestro día con esa ausencia en nuestra vida. Nos parecerá que esta etapa no tendrá final, pero si nos permitimos vivirla, también pasará.

  • Aceptación
Llegamos, finalmente, a aceptar que esa persona o situación ya no estará más en nuestra vida y rehacemos ya nuestra vida sin ella. Puede que lo que hemos perdido deje un espacio irreemplazable que siempre recordaremos con cariño, haciendo ya las paces con esa ausencia. O podría ser que más tarde nos acabemos alegrando, por ese espacio que puede ser ocupado por algo nuevo y mejor.

Estos procesos de duelo los podemos experimentar con gran variedad de intensidad y duración en nuestras vidas, según la importancia que tengan para nosotros la situación o la persona que hayamos perdido. Y es importante permitirse vivir estos duelos el tiempo suficiente cuando se den, incluso cuando la gente alrededor nos presionen para salir del duelo lo antes posible. Es un proceso que requiere su tiempo.

Y en esta vida de continuo encontrarse y separarse, puede que vayamos cayendo en la cuenta de cuál es el trasfondo de todo: eso que nunca podemos encontrarnos por no haber estado jamás ausente y de lo que no podemos separarnos porque no hay momento o lugar en que no esté. Podríamos reconocer entonces ese espacio, esa Gran Mente, en la que se dan todos los encuentros y las separaciones, y, desde ahí, vivir esas situaciones con un intensidad inusitada, no como cuando los vivimos desde nuestro pequeño yo, que necesita defenderse de tal exaltación.